Cuarta entrega de Diario de una
Adolescente.

Mi hermano Mario se reía de mi inquietud.
No podía esperar algo distinto a eso de una persona tan superficial como mi
hermano, por lo tanto, no me dolían para nada sus continuas burlas. Es más, me
parecían idóneas para demostrar hasta qué punto llegaba su torpeza y falta de
inteligencia. Pero algunos comentarios (tengo que reconocerlo) me molestaban
bastante. Sobre todo cuando decía que lo único que me interesaba era (en
palabras textuales, siento ser tan explícita) que alguien me metiera alguien algo
viril por la boca.


A veces deseaba con todo el fervor del
mundo que Dios o quien fuera el que rigiera el Universo y sus reglas, no me hubiera
enviado a un hermano de esas características tan lamentables y tan distintas a mí
personalidad. Deseaba tener como hermano a uno que fuera comprensivo y mucho
menos arrogante. Quizás tener una hermana, alguien del mismo sexo, fuera la solución
ideal. Alguien a la que pudiera manifestar libremente mis sentimientos y emociones
sin ese temor y distanciamiento que causa transmitir tus problemas a tus padres.
No era consciente de que hasta qué punto ese deseo se iba a hacer realidad de
alguna manera.

Me obsesione bastante con el aspecto que
iba a llevar aquel día. Me probé miles de combinaciones y vestidos antes de
decidirme por uno. En realidad, no era tan difícil como yo me lo había
planteado. Se trataba únicamente de ponerse algo parecido a la que las demás
llevaban. Algo informal pero que tuviera corto aire de distinción, un toque
personal que tampoco me incluyera en la lista de las mas notorias y elegantes. Así de sencillo y así
de complicado al mismo tiempo.
Y llego el día. Las tropas del general Patton habían llegado finalmente a su destino. La guerra estaba a punto
de comenzar. La hora señalada había
llegado y no había otra alternativa mejor que prepararse para la dura contienda
que va a acontecer en breves momentos.
Yo había pensado hacer mi primera entrada
triunfal subida en mi moto. Me había comprado una moto desgastada de segunda
mano, una autentica ruina, pero por lo menos me sirvió para transportarme por
la ciudad. Pero aquel día (que se presentaba fatídico) la moto se negaba
firmemente a funcionar y tuve que recurrir a la ayuda de papa. El me llevaría
en su propia moto. No teníamos coche. Siempre estaba en el taller.


Me sentí un poco fuera de lugar. Nadie o
muy pocas vestía como yo. Mi padre me beso y me deseo buena suerte. Espere algo
más, pero no lo hizo. Se marchó en su escandaloso artefacto del siglo XVIII, el
producto de un inventor loco atrapado en un castillo. Estaba ni más ni menos
que sola ante el peligro, como la película. Como una de las favoritas de mi
padre.
Inspeccione ligeramente las afueras del
Centro. Pensé que iba a ser difícil adaptarse a ese tipo de ambiente. No me
resultaba familiar. Parecía un Festival de la Carne o una desmadrada juerga
americana (aunque con sus diferencias, claro) Casi me arrepentí de haberme
apuntado como alumna en ese lugar. De todos los Centros públicos que existen en
Madrid había seleccionado el mas ínfimo,

Al entrar, me encontré con un grupo tan
numeroso de estudiantes desorientados como yo. Muchos realizaban sus consultas
en la zona de recepción, en la que se había formado una larga fila de alumnos
deseosos de que les proporcionaran indicaciones para orientarse.
Me fije en una chica que tenía expresión
tímida y asustada. Con cara de decir, ¿Dónde me he metido? Me compadecí de su
situación y experimente una gran sensación de entendimiento y simpatía. Yo
estaba como ella. Completamente pérdida. Pensé que podría ser una buena amiga
mía. Que nos entenderíamos bien. Me aproxime a ellas entre el bullicio general
que formaban los recién llegados y los que no tanto, que llevarían siglos
estudiando allí y no salían ni acumulando puntos de descuento en un supermercado
y ella me miro como un marinero que se encuentra perdido en el mar y avista un
barco a la lejanía. Iba a su rescate, era su ángel salvador. La que le ayudaría
a salir de aquella situación.
-Hola-balbuceo y me dio la mano
nerviosamente. Tenía un aparato de corrección en la dentadura.
Iba a ser mi hermana tan deseada. (Continuara)
Ignacio Pérez Jiménez.
El
patio andaluz, primera parte
La
gente piensa que una pared es una pared. Y no puedo estar más de acuerdo con
ellos, desde su punto de vista, claro. Desde mi punto de vista (una pared, que
eso soy yo) representa muchas cosas.
Para
empezar soy una parte fundamental de la estructura. Soy el cimiento que permite
que la construcción no se derrumbe. Cualquier edificio que se plantea construir
integra necesariamente mi soporte. Eso lo saben todos los albañiles y
arquitectos del mundo.

Yo
tengo la inmensa suerte de formar parte de la estructura de una casa señorial.
Esas antiguas edificaciones cuyos usos han cambiado a lo largo del tiempo,
pasando de ser mercado de pescado a prostíbulo o a colegio u orfanato. Por aquí
han pasado muchas vidas y yo he sido
testigo privilegiado de cada una de sus vidas. Recuerdo hasta el más mínimo
detalle. Lo que no se es si ellos y ellas se acordaran de mí. De todas maneras
eso será algo que nunca llegare a saber. El día que me desplomen (que espero
que sea lo más lejos posible) me desplomaran.
La
verdad es que pienso mucho en ello.
Recuerdo la primera vez que mi aspecto sufrió una de esas
irregularidades que producen las inclemencias del tiempo. Nunca pensé que me
iba a suceder a mí. Siempre veía aquellos efectos en otros compañeros. En el
tejado que estaba muy humedecido y empobrecido. En las rejas verdes, cuyos
barrotes finos aparecían muy desgastados. Pero jamás pensé que esos estragos
aparecieran en mí. Y lo hizo. Con una tremenda rotura de varios centímetros.
Estaba muy avergonzado por ello y me daba
vergüenza mostrarme. Pero un humano remedio aquella situación. Pasó una capa de
cal y desapareció. Desde ese momento le estoy eternamente agradecido. Mi
aspecto resultaba tan bonito y tonificante como siempre.
Como
soy una casa antigua y sobreentendiendo que eran muy grandes, y una pared más
de las miles que forman la configuración de la casa, con sus correspondientes
habitaciones, pasillos y escaleras, hay que recorrer distancias muy grandes
para llegar a conocer el edificio en toda su totalidad.
Los
pasillos son muy prolongados. Supongo que para una persona anciana se le haría
muy lento avanzar a través de ellas. Y es que hay que entender que esos
pasillos se extienden por toda la amplitud de las paredes, cubriendo distancias
enormes. Si a ello añadimos pasillos que van en direcciones distintas o
oblicuas la laberinteros rumbos de la casa pueden volver loco a cualquiera que
la visite por primera vez, pues tiene un sinfín de posibilidades de quedar
desorientado y perderse irremediablemente. Como en las leyendas griegas donde
los héroes quedaban atrapados en la complejidad de enormes laberintos.
Yo
tengo visión directa y general del patio de la casa. Esa es mi ubicación. En la
pared de al lado se encuentra una serie de buzones adosados con los nombres de
las propietarias escritas a lápiz. Es una parte solitaria. Por aquí apenas
transita nadie, excepto las vecinas que también se dedican al cuidado del
jardín. De vez en cuando hace una visita el cartero para entregar alguna carta
o acude algún familiar para estar allí un rato. Pero generalmente no hay casi
nadie.

De
todas las mujeres que habitan la casa, mi más apreciada es la señora Amelia. A
parte de ser una de las que mayor dedicación y respeto muestra por las plantas,
también es la más trabajadora. Siempre se está ufanando porque la casa se
encuentre en el mejor estado de higiene posible. Por ello, siempre transporta
grandes cubos cargados de agua y a veces tiene que bajar los escalones con un
peso tremendo en cada mano, lo cual para alguien de su edad puede resultar
peligroso pues en cualquier momento puede perder el equilibrio y caer.
Las
otras residentes tienen la costumbre adquirida de no ayudarse mutuamente al
menos de que fuera absolutamente necesario. O sea, que hasta que Amelia no se
precipite escaleras abajo y haya que ingresarla en un hospital por rotura de
hueso, nadie ayudara a la señora Amelia. Pero ella no se queja de esa
situación. Ella también forma parte de ese pacto (hecho a medias en el
silencio) y no ayudara en absoluto a aquellas que lo precisen hasta que fuera
necesario de verdad.
La
señora Amelia pasa los días haciendo tres cosas principalmente: dedicarse a la
casa, escuchar la radio y dormir la siesta. Esas son sus principales
actividades con las que abarca el tiempo que se prolonga durante todo el día.
Por
las mañanas trabaja la casa (cada una de las residentes se dedica a una zona
concreta o sino aquello sería un desastre de organización) llega la hora de la
comida, la prepara, se la come, se toma una siesta que suele durar de manera
aproximada unas cinco horas (sin exagerar) y seguidamente el resto del día lo
dedica a escuchar la radio.
Antes
de que su hijo se marchara, le compro un transistor en una tienda barata y
fácil de manejar, pues su madres se hacía un lio con facilidad con tantos
botones y se ponía a escuchar Radio Nacional mientras a lo mejor cosía,
escuchando en eterno silencio y continua concentración las voces que
retransmitía la radio, hablando de multitud de temas con una infinidad de voces
diferentes.
Amelia
estaba, la verdad, feliz de vivir allí. (Continuara)
Ignacio Perez Jimenez