jueves, 9 de mayo de 2013



Diario de una adolescente,parte 3.


Descubrí que el autor de esos maravillosos mundos se llamaba Glenn Graham. Que era norteamericano, estaba casado y vivía con su esposa y sus dos hijas en Nueva York. Había una tenido una carrera literaria continua y constante que solo estaba conformada de numerosas novelas de fantasía. Supongo que el éxito que disfrutaba escribiendo este tipo de cosas le habían convencido de que aquella era la mejor manera de ganarse la vida con la literatura, y yo no podía estar más de acuerdo pues mientras más temáticas inventaba del género fantástico mayor seria mi disfrute.
 
Se convirtió en mi amigo favorito durante estos últimos días de mi infancia. Ya no me interesaba salir a jugar a la calle con las demás niñas. Solo quería devorar esos libros a docenas en la biblioteca y llenarme del encanto y la magia que caracterizaban aquellas historias. A veces incluso llegaba tarde a casa para el cabreo de mis padres pues esperaba hasta la última hora del cierre y una niña andando por calles solitarias y nocturnas podía resultar un poco arriesgado.

Después descubrí que te podías llevar los libros a casa. Hacer un préstamo. Llevártelos a casa libremente y devolverlos en la fecha que señalaba la ficha, donde se entendía que había habido el suficiente tiempo como para leer la obra entera por muy extensa que fuera.
Me hice socia. Tuve que entregar el carnet de identidad de mi padre pues como era menos de edad no me permitían hacerlo sola. Mi padre se alegró mucho cuando le transmití la idea con la intención de que me ayudara. Dijo que era un opción muy inteligente y una de las mejores que había tomado en mi vida, aunque a mí realmente no me parecía para tanto. Me entrego el carnet rebosante de felicidad y satisfacción. Por fin una de sus hijos, leía. 

Todos pensamos que las bibliotecarias son mujeres serias con gafas de montura negra y el pelo recogido en un moño y generalmente feas pero la mujer que me atendió para hacerme socia no era solo amable y simpática, dos cualidades que valoro mucho, sino una mujer de gran hermosura. Tenía el  pelo rubio como las princesas de mis historias, tanto que parecían hechos de oro y sus ojos eran claros y azules como el día mas soleado de un verano. Me enamore literalmente de esa mujer y sus buenas cualidades (en el buen sentido que os imagináis, por supuesto). 

Cada vez estaba más entusiasmada y imbuida por esas historias. Ya que me gustaba dibujar, en el parque, cogía el bloc y me ponía a dibujar a todo tipo de seres milenarios como unicornios, elfos o trasgos. A cada uno de ellos lo dibujaba teniendo en cuenta todos los detalles que mi imaginación le otorgaba a los personajes y también le daba mucha importancia al lugar que se encontraban, ya fuera un bosque, maleza o un desierto. Así me salían bastante realistas y daban la impresión de que eran de verdad.

El profesor de dibujo reviso una de las páginas del blog y me felicito por mi trabajo. Me aseguro que pocas niñas  de mi edad tenían esa cualidad tan excepcional de dibujar tan bien y con tanto realismo.  Me auguro un futuro prometedor en el mundo del dibujo, si quería dedicarme a ello, claro. De todos es sabido que las vocaciones no tienen porque necesariamente definir tu futuro. Puedes sentir inclinación por estudiar algo completamente distinto a esa primera devoción natural.

Un día llego el esperado día de salida del colegio. Ibamos a primero de E.S.O en otro colegio. Por fin salía de aquel recinto con un patio tan espacioso donde había jugado multitud de veces a lo largo del tiempo en que me iba haciendo mayor. Allí se quedaban muchos recuerdos como las amigas que me habían acompañado en cada recreo. Jugábamos a la comba, al escondite, nos sentábamos en el suelo y charlábamos, íbamos sin rumbo fijo hablando por el patio, subíamos los peldaños de la escalera que conducía a los pisos de arriba y saltábamos desde el escalón donde nos hubiéramos colocado. Era un día lleno de ilusión por el futuro que nos aguardaba, totalmente nuevo pero también lleno de tristezas por las separaciones obligadas. Muchas sabían que quizás aquel era el último momento en que nos íbamos a ver las caras y después quizás más adelante…pero reconocíamos que en realidad eso no era muy probable.

Los profesores fueron despidiéndose gradualmente, cambiándose los turnos. Algun
os parecían sentir una verdadera lástima al separase de nosotros. Nos decían que habíamos sido unos alumnos ejemplares a pesar a veces de no haber traído todos los deberes de casa terminados y que había aprendido muchas cosas de nosotros, aunque eso ultimo me parecía extraño. ¿De unos niños?. Nos deseaban un futuro fructífero y que a la hora de tomar decisiones importantes lo hiciéramos con sabiduría pues aquellas decisiones iban a resultar vitales para el rumbo que tomaran nuestras vidas.

Creía con convicción en la sinceridad de cada uno de los tutores pero tenía mis dudas respeto a la señorita Adelaida. Por mucho que intentara destacar la importancia y la suerte de haber estado enseñando a niños como nosotros, después de todas sus crueldades y exigencias me parecía que nos estábamos tomando el pelo del todo. Nada podía ya remediar aquel trato tan desagradable que le caracterizo, convertida más en una general que no cedía a nada y daba órdenes que había que obedecer de inmediato sino querías recibir una de sus rotundas y zarandeantes riñas.

Nos habían dicho que para celebrar con más emotividad aquella multitudinaria despedida lleváramos hecho de casa algo hecho por nosotros para entregárselos de recuerdo a nuestros amigos más próximos. Podían ser cuentos, poesías o dibujos. Yo decidí realizar algo en la vertiente artística que mejor se me daba. Y dibuje un sol tremendo, lleno de luz que ocupaba una gran parte del papel. Debajo había dibujado unos animalitos cerca de árboles como jirafas y elefantes. Y con varios charcos para que pudieran beber. 

 Para ser la experta que creía que era en el dibujo, el trazo me parecía malísimo y careciente de expresión, pero sobre todo de cualquier tipo de calidad. Temia que los demás compañeros empezaran a considerarlo como algo tonto y se burlaran de mi pero para mi sorpresa cuando se lo mostré a las demás niñas que estaban deseosas de verla, les pareció una maravilla y pusieron unas expresiones llenas de admiración y perplejidad como si estuvieran encantadas con el dibujo que yo “encima” había tardado poco en realizar. (continuara)

Ignacio Perez Jimenez

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